miércoles, 2 de febrero de 2011

Mis cuentos favoritos

Algunas veces, lo que una escribe  toca las fibras de los miembros de un jurado.
Agradeco a los que así lo decidieron, por haberme otorgado los siguientes
PREMIOS Y MENCIONES
  • Mención especial en el concurso de cuentos  Jorge Luis Borges, con “La tentación” Noviembre 1992
  • Mención especial en el Concurso de laYerba Mate, con el Poema: “El Tarefero”. Octubre 1998
  • 1º Premio del Rotaract Club lanas General Paz por el poema: “Mágico Conjuro”2002-2003
  • 1º Premio en el Concurso Literario del MERCOSUR  con: “El milagro” 2003
  • 1º Mención en el rubro “Cuentos” II Certamen Internacional de Poesía y cuento breve“Cosme Sebastián Reniero”  Otorgado el 05 de noviembre de 2005.-Ciudad de Avellaneda- pcia. De Santa Fe, por La Ofrenda.
  • Libro de Oro de  la Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Misiones por el cuento: “El caso de Gregoria Beltrán” julio 2010.



Primer premio del IV concurso de 
Relatos por el Libro de Oro y Plata  2010
De la Subecretaría de Cultura de la Provincia de Misiones
Coordinado por Aurora Bitón

El caso de Gimena Beltrán

Gimena Beltrán  vivía  en una casita de tablas anchas, techo de  lo que se tenía a mano y algunas chapas negras de cartón, a orrillita  nomás del arroyo Piraý, donde aún es un delgado curso de agua, o lo que uno se imagina al escuchar la palabra arroyo. La casa, de piso de tierra tan apisonada y barrida que parecía tener una capa de cemento, estaba  a unos cien metros del agua, que en épocas de lluvia se acercaba a  la mitad de esa distancia. La rodeaba un patio  de tierra también, siembre impecable, como si esperara visitas. Pero la única persona que venía una vez al mes era su compañero, desde que se fue a trabajar en la forestadora, para tener para la provista. Dos, tres días nomás se quedaba, pero era toda una fiesta. Traía la bolsa de harina, la grasa, el azúcar, jabón y otros elementos que durante el mes entrante, servirían de sustento a Gimena y sus seis gurises, sin contar el de su panza. Siempre  tenía alguna sorpresa, además de las cosas indispensables: a veces una bolsa de caramelos,  polvo de cacao o dulce de membrillo. Y los gurises saltaban de contentos y corrían por el patio  detrás del mayor, que ya tenía como diez años, y que llevaba el dulce tesoro en las manos en alto.
Ese día carneaban una gallina y ella hacía el mejor borí-borí o un buen guiso en la negrita. Gimena florecía y se renovaba  en esas ocasiones, porque siempre , unos días antes, cuando se acababa el último kilo de azúcar, le invadía el temor de que su Juancho  no venga. Temía que le había pasado algo malo en ese trabajo tan duro en la forestadora, tumbando o desgajando árboles  todo el día, con su motosierra. O que había encontrado otra para su compañera, ya que ella,  con cada crío que nacía, estaba más deteriorada y bien sabía que por los campamentos de los obrajes, solían rondar mujeres  jóvenes tratando de enganchar a alguno.
Pero hasta ese día de mayo de noventa y tres, el Juancho hacía su entrada triunfal alrededor del ocho de cada mes. Y vino también ese mayo. Llovía a cántaros, por lo que se quedaron  amuchados  adentro. Juancho tocó la panza  henchida de Gimena y preguntó cuándo será que venía  el gurisito nuevo. Ella le dijo que pronto, según lo que la comadre Rufina le dijo, que seguro la próxima vez que vendría él, ya lo alzaría. Él quedó muy serio y en un suspiro  rogó en nombre de sus fallecidos, que sea una guaina esta vez. “para  que te ayude” pareció disculparse, pero ella rió nomás porque los varones  eran su mano derecha todo el día, y estaba orgullosa de ellos. No dijo nada, pero sabía que Juancho era muy supersticioso y tenía terrible miedo al séptimo hijo varón. A ella no  le parecía posible lo del Lobizón, por lo que estaba tranquila.
Dos días más tarde, Juancho se fue y la rutina volvió a instalarse. Ya temprano, cuando todavía  la neblina cubría el espejo del agua, Gimena bajó al arroyo a mojar  y enjabonar la ropa que lavaría más tarde. Densa y blanquísima, se arremolinaba  por instantes la niebla que emergía  del agua rojiza del arroyo, que bajaba caudaloso por las lluvias de los últimos días.  Sintió  fuertes patadas en su vientre cuando se  arrodilló  en la piedra para mojar la ropa. Levantó la cabeza  para respirar mejor y entonces, al abrir los ojos, vió una figura  que parecía flotar entre la niebla, en medio del arroyo. Cerró los ojos y volvió a abrirlos, pero esa figura, como de mujer, seguía ahí. Pasmada, Gimena quedó mirándola  boquiabierta. Más que susto, estaba dura de sorpresa. Había escuchado de apariciones, pero nunca lo creyó demasiado. Pero un sentimiento tibio surgía en su pecho  y se sentía atraída por esa imagen. Y de pronto la reconoció: era Ñá Cleta, la abuela  materna de Juancho, fallecida hace años. Sin que sus labios se abrieran, preguntó a la aparición a qué venía. Y sintió un intenso dolor en su panza como respuesta. Venía a busca al aún no nacido. Gimena sacudió la cabeza y finalmente un  ¡No! Rasgó el silencio. Trepó rápido el barranco, pero el suelo todavía  estaba húmedo y resbaló de nuevo hasta  quedar semisumergida en el agua. Ya no pudo incorporarse, el parto de desencadenó de golpe. Y la corriente  llevó al indefenso hasta los brazos de Ña Cleta. Con inhumano esfuerzo, Gimena logró arrastarse un poco, saliendo del agua.
 A sus gritos  acudió el mayor, que  enseguida vino a socorrerla, y, una vez  acostada en una zona más  seca, la tapó con una frazada y salió disparado a buscar a la comadre. Hasta que vino, el sol  salió y entibió el cuerpo de Gimena, sacudido por fuertes chuchos. No podía sacarse la imagen de la mente y comprendió que aunque fallecidos, todos  estaban en algún lugar. Lo que  siempre quedó en duda, fue el destino de su séptimo hijo varón.
El Juancho, con gran cargo de conciencia,  está aún hoy convencido que sobrevivió, y que debe andar  vagando por el monte. Por eso se vino con  Gimena y los chicos, a vivir al pueblo, por miedo nomás.

Rufina Díaz



LA TENTACIÓN


__¡Qué capo!—exclamó Javier golpeándose la pierna enfundada en vaqueros con la palma de la mano.
__¡Bárbaro, che! Afirmó Andrés, su hermano mayor.__¡Suerte que al menos hoy pasaron una buena película!__siguió__ ¡Con toda esta lluvia es un bodrio  estar en casa!__
__Lo peor es que el viejo también se queda y no se aguanta ni un poco de música__
__¡Sí1 ¡Vamos a transformarnos en peces con tanta agua!__bufó Andrés acercándose a la ventana cerrada.
Hacía tres semanas que la lluvia caía, ya fuerte, ya tenue, callando por horas para reiniciarse de pronto.
Esa cortina de agua no los dejaba salir. Eran las rejas que transformaron  las vacaciones de julio en  un aburrido encierro.
__Si sabía esto, me quedaba en Eldorado. No será la gloria, pero¡ ya no aguanto más esto!__
Los dos hermanos, nacidos y criados aquí, en Santiago de Liniers, estudiaban en la cercana ciudad. Vivían  allí en una pensión desde hace varios años.
__¡Ché, tenemos que hacer algo!__
__¿Y si vamos al río?__
__¡Estás loco!__
   Totalmente transfigurado, el Piraý metía sus garras rojas en el monte, arrancaba árboles enteros para engullirlos...Era un sser vivo, de brillante cuerpo cobrizo que se arrastraba  hechizando  y devorando mientras rugía con voz sorda y profunda. Su atracción era inmensa, más aún para quienes conocen el total placer de entregarse, sentirse uno con él y dejarse llevar, llevar...
Muchas veces  ellos lo habían hecho. ¡Si aprendieron a nadar como apreendieron a andar!
Las cámaras de rueda de tractor fueron  sacadas del galpón. El plan parecía seguro.
Javier y Andrés olvidaron la película, la casa, el aburrimiento.
__¡Vamos, dale!__
__¡Sí, vamos!__ Una extraña impaciencia les removía las entrañas. Caminaron un buen rato de aquí  hacia allá por la nueva costa. (lo que hace días fue la ribera, ahora estaba varios metros bajo el agua.) El río parecía mirarlos retorciéndose como mujer voluptuosa e insaciable. Su piel aparentaba suave y firme. Tentaba.  Llamaba.
__Tenemos que atarnos, digo yo, está muy fuerte la correntada.__Javier pasó una soga alrededor de su cintura amarrándola luego a la cámara.
Andrés  soltó una sonora carcajada
__¡Parecés un bebé en andador!__
__¡Vos reíte nomás, te quiero ver allá en el agua!__le respondió el mayor señalando con la cabeza hacia el río.
__¡No me vas a ver nada!¿Sé nadar mejor que vos, y eso ahí sólo es agua!__
Un gran raigón  pasó en ese momento frente a ellos. Girando. Zambulléndose a ratos.
__Bueno, agua y yuyos.__admitió Andrés.
Se quitaron las camperas de cuero y las colgaron  en el ellioti más cercano. Allí quedaron. Dos testigos negros, mudos y empapados de aquella locura.
               Saltar, sentir el puñal helado del agua en la piel, horadando hasta los huesos y empezar a girar vertiginosamente, fue una sola cosa.
__¡Dios ¡ __pensó Javier__¡Dios! ¡Mamá! __sintió que aquel monstruo lo devoraba, masticándolo con su dentadura de troncos, ramas, raíces. Respiró como pudo, profundamente y trató de ver a su hermano. No pudo. Los pantallazos de costa que logró captar le eran desconocidos. Y seguía girando. Su estómago parecía forzado por aquella centrífuga a escaparse del cuerpo. Sintió su boca llena. Y giraba. Intentó gritar, pero sólo se mezcló lo que pugnaba por salir con el agua que se metía, como un dedo frío en su garganta.
Un solo pensamiento se le fijó.¡Salir! ¡Salir lo más pronto de allí! Sintió un dolor agudo y un cuerpo firme a su izquierda. Asió el tronco instintivamente. Por un instante, se reconfortó. Abrió los ojos para orientarse. Entonces vio ese gran cedro que conocía bien.
__¡Dios! __pensó __¡Qué lejos llegamos! ¡Esto es como a tres kilómetros de nuestra chacra! Es aquí donde...¡el salto!__
Y ya se sintió absorbido por un abismo sin fin. Perdió contacto con el tronco. Bajo la presión del agua, le pareció explotar. Se asfixiaba. --¡Subir! ¡Debo subir!__
Pero bajaba, bajaba. Como empujado por una mano gigante. De pronto, el agua pareció arder. Se iluminó de un naranja centellante y lo fulminó.
Aún así siguió descendiendo y el mismo tronco que casi significó la salvación, terminó por introducir aquel bulto tierno en la grieta que durante centurias taladró el salto en el lecho del río.
Empezó a llover de nuevo.
Marta, la madre de los chicos estaba sentada junto a la cocina de leña , tejiendo. Tejía un pulóver para “su” Javier. De pronto algo indefinido la inquietó y alzó la cabeza.
__¿Los chicos, dónde están?__le preguntó a su marido.
Éste encogió los hombros y largó unas bocanadas de humo antes de responder:
__Se fueron.__
Ella quedó tiesa, mirándolo sin comprender. ¿O comprendió todo?
Lentamente, el tejido cayó de sus manos. Se levantó y con pasos vacilantes, se acercó a la ventana. Aún llovía...
Deseo  peligroso

            Su primera reacción había sido común.  Como lo hacen todas las mujeres que se sienten abandonadas, lloró desconsoladamente. Dejó fluir sus lágrimas  todo el sábado, casi toda la noche siguiente y el domingo la encontró con la sensación de que su cráneo estallaría, además de un malestar  general tremendo. Pensó que jamás se levantaría de esa cama así que se quedó tendida entre las sábanas húmedas de dolor.
 La flor entrega su belleza al sol, reflejando uno de los colores de su bellísima luz. Un matiz nuevo, perfecto, tan suave al tacto como a la vista y al olfato. Más si el sol la rechaza, será sólo espina y aroma fétido, como aquella que se abre de noche en el desierto. Finalmente algo tan mundano como la urgencia de ir al baño la obligó a incorporarse. Sentada en el inodoro, quizá inspirada por el fluir ardiente saliendo de su cuerpo, continuó llorando. Buscó consuelo en su propia imagen, sabiéndose bonita  al fin,  pero sólo una terrible rabia la inundó al ver su rostro desencajado e hinchado en el espejo. Tomó una larga, muy larga ducha caliente. Luego una  breve y fría. Llenó la bañera y le puso sales aromáticas antes de sumergirse. Cerró los ojos y se sintió un poco mejor. Salvo el tenaz dolor de cabeza.
Tres aspirinas con café negro y muy dulce. Nuevamente las lágrimas fluyeron: negro y dulce era él. Sintió la caricia de la infusión en  garganta y en sus pantorrillas. No, ésa  era del gato. El que él le había regalado. A ella nunca le habían agradado los  gatos, animal traicionero y sólo capaz de amarse a sí mismo. Pero como venía de él, lo aceptó, cuidó y mimó. Como si fuera una extensión de  su amado. Y así había resultado: infiel. El animalito ronroneó y se estregó contra su pierna, dispuesto a una sesión de  cariños. El contacto  produjo el efecto de una descarga eléctrica en ella, que hizo volar al felino hasta  el sofá del living.
__ ¡Fuera de aquí! __gritó  al arrojarlo, y luego mirándose ambos  -un poco agazapados- fijamente a los ojos, agregó: __Debería matarte.__
Sus  palabras quedaron flotando en el aire, como si en lugar de voz hubiera fluido tinta espesa. Se quedó asombrada, mirándolas, observando cómo se  diluían  lentamente. Las leyó, las absorbió, las degustó. Cuando ya no quedó nada de ellas,  las repitió para seguir paladeándolas. Y empezó a  pensarlas. Sin apuro, y bien regada con café, su mente  comenzó a maquinar. Desde el  fondo de su  ego herido  emergió la sed de venganza. Su amor hacia él era especial, su odio también lo sería  Ella no le haría una escena, ni dejaría su trabajo, en el cual  compartían forzosamente  ocho horas diarias para no verlo más.
 No. Aceptaría con altura la decisión de él  de separarse, para seguir el llamado de una desgraciada de físico espectacular, rulos perfectos y andar infartante. No podía competir con eso, dado que no tenía ni uno de esos atributos. Pero tenía otras  capacidades que él aún desconocía  Por momentos, el llanto intentó  avasallarla de nuevo, pero el entusiasmo por  sus propios pensamientos, que la sorprendían provocando a sensación de que otra persona la habitaba repentinamente, pudo más.  Siguió la senda  sinuosa de los mismos con la certeza de estar en lo correcto.
 Él la había destruido, por ende, le tocaba a ella defenderse. O más, a condenarlo, en un juicio interno, mudo y sin testigos, a muerte. Pero no sería un asesinato común. No. Tenía que ser único. Dado el caso de que sería  su único asesinato. No era cuestión de convertirse en  asesina serial, era simplemente una mano justiciera. Estaba convencida de que esa acción  volvería las cosas a la normalidad. (Aunque  habría  a abandonado  lo normal definitivamente, ya que nadie en nuestra condenada sociedad considera normal a un asesino, ni aún cuando las causas lo justifiquen plenamente.)
Matarlo. Bien. Pero, ¿cómo? El veneno es desde  milenios el  recurso femenino más usado, por lo que quedó absolutamente desechado de entrada. Nada de vulgaridades. Nada que pueda conducir  a algún investigador a ella. Por otro lado, consideró fundamental que él sepa quién le quitaba la vida. Sólo él. Pero tenía que saberlo. Porque más que  simplemente eliminarlo, se trataba de demostrarle  poder, el poder de  disponer de lo esencial, de apagar la flama que nos une al reino de los vivos.
__No quisiste darme tu amor, pues tendrás que darme tu vida. Sin ella, ningún deseo te será posible. __ Pensó e inmediatamente preparó más café.
El lunes, disfrutó  el cómo -su ahora sólo compañero de oficina – tenía dificultades para encontrar nuevos términos y  modalidades para llevar a cabo el trabajo que lo demandaba. Le divertía ver que él, lejos de lo que su  masculinidad anunciaba, estaba  incómodo, sin saber muy bien cómo hablarle, ya que los cariñosos  giros que usara hasta hace unos días, ya estaban fuera de lugar.
Ella  caminó muy erguida, luciendo un nuevo peinado de  estridente color rojo. Lastimosamente debía usar  gafas oscuras, ya que su cuerpo no seguía el ritmo de su mente, y aún tenía los ojos  hinchados.
__Hola.__ saludó él.
__Hola, ¿Cómo estás? __
__Mhm.__Respondió Antonio .Nada más. No se atrevió él a utilizar la formalidad  “Bien, ¿y vos?” ya que entendía que ella debía estar muy mal, aunque ¡guacha! Se veía bien con ese cabello rojo. Pero,¿ qué podía hacer él contra la  loca química  de sus propias hormonas?  La atracción que sentía hacia Lucía- la chica que produjo este desequilibrio en su interior- era demasiado intensa, ella estaba demasiado fuerte y demasiado interesada en él como para negarse. Estaba en juego su hombría,  su fama de macho conquistador. No le quedaba otra que seguirle el juego. Pobre muchacho, víctima del rol que la sociedad impone a los hombres. Incapaz de  ponerse a la altura de los tiempos modernos, donde  el varón tiene derecho a  rechazar una oferta, más aún donde deberá rechazar muchas, puesto que  no podrá satisfacer a todas.6
Debían preparar juntos el presupuesto del mes entrante, como lo habían hecho siempre.
Ella lo observaba detenidamente. (Los anteojos oscuros resultaron geniales en este caso).
Su mano, siguiendo el camino de la costumbre, quiso levantarse para  acariciar la fuerte nuca  oscura como tantas  veces, pero la parte de su cerebro que dirigía el desquite ,absolutamente frío y alerta, impidió el gesto.
Aquel  espacio entre  el cuello de tela  blanco  y la línea prolija de los cabellos negros ahora  despertaba  otros pensamientos: ¿Cómo quedaría si una  barra de acero golpearía justo allí?  La imaginó  violácea, abierta la piel,  despidiendo  hilos rojos que mancharían la pulcritud de la camisa. Quizá la cabeza  se arquearía  hacia atrás, arrugando la piel tersa.
Él  seguía  ingresando al sistema los ítems que ella nombraba con voz monótona, carente de emociones, mientras que seguía maquinando, como si se hubiese partido en dos: la que estaba a la vista de  todos y la que sólo ella conocía.
__No tengo suficiente fuerza como para golpearlo así.__ pensó__ Tengo que hacer algo al respecto. En voz alta dijo.
__ Viáticos  y combustible.__
Esa misma tarde llevó al gato a una veterinaria para que lo regalen a quien sea y  se inscribió en un gimnasio para hacer pesas y algo de boxeo. Exhausta pero satisfecha,  apoyó esa noche su  rostro en la tibia almohada, imaginando detalles de una acción que lentamente  se definía. En el camino que él recorría  diariamente, había una zona en la cual un muro bordeaba la vereda. Sobre el mismo, un andamio brindaba  la excelente oportunidad de  que una viga caiga  casualmente en  determinada nuca. Todo era cuestión de organización y cálculo.
Diariamente  esperaba con ansias la hora de salir de la oficina, para   ir  urgentemente al gimnasio. Sentía  como su  energía se concentraba en sus músculos, y la sensación de poder y victoria la embriagaba ya. Transpirada, jadeante, con el cuerpo agotado pero el espíritu  en alto, volvía a su  departamento, se preparaba una comida energizante y  cada bocado  lo ingería consiente de que aumentaría  su capacidad de llevar a cabo su plan.
Cortaba  apio para mezclarlo con manzanas y nueces el domingo por la mañana, cuando el crujir de los  vigorosos tallos  bajo la afilada cuchilla, despertó otras fantasías. La levantó con lentitud y  pasó el filo suavemente por su lengua, en una  fría caricia vertical. Fijó su vista en la manzana y la apuñaló repentinamente. Tomada por sorpresa, la fruta  se partió en dos sin un quejido.
__Su piel será más resistente, pero se abrirá  como la grieta en la piedra.__ pensó.
Dejó su ensalada a medio preparar y fue a la frutería.
__¡Hola, preciosa! ¿Qué se te ofrece? __
___No sé muy bien,  alguna de cáscara firme , parecida a la piel de tu pecho.__
__Mhmm. ¿Cómo  mi pecho? Mira que  vello bien macho no me falta, toma un coco.__
__No, nada que ver.  Dame una sandía. O esa calabaza.  O mejor ambas.__
__¿Te vas a fabricar un hombre?  Puedo recomendarte algunas cosas más, aunque todo eso es desperdicio. Te acompaño y ya no necesitas  armarte nada, muñeca.__
__¡Ja, ja! Que te levantaste muy gracioso hoy, muchachito. No querrás  que te haga lo pienso hacerle.__
__Si vos se lo hacés,  lo disfrutaría, lo que fuera.__
__Dejate ya de pavadas. ¿Cuánto te debo?__
__Son cinco, y de propina un beso. __
__Toma los cinco y la otra te la quedo debiendo.__
__Alguna vez pagarás tus deudas.__
__Primero quiero cobrarme algunas, hay gente que me quedó debiendo por ahí.__
Cinco sandías compró ese día. Atizando la imaginación y el deseo del verdulero, a quien casi no se saca de encima al adquirir la última, tanto insistió en llevársela él en persona a su casa. No poco se habría asombrado al ver cómo  clavaba  los cuchillos, ya uno, ya otro, en la jugosa  fruta, absorbiendo con sus labios, en desenfrenado placer los líquidos que de las heridas brotaban, dulce sangre embriagadora. Cuando ya estaba muy  lastimada, la picaba toda, arrojando luego esa supuesta carne  muerta a una bolsa de residuos.
__Muy buenos días___ saludó  al objetivo de sus puñaladas al día siguiente.
__¡Hola, ¿cómo estás?__
__Fantástica. ¿Tomás un café?__
__No puedo negarme. Gracias. __
__Ése es justamente tu problema.__
__Hay que tomar las cosas como vienen__
__Error. Hay que  manejar su voluntad.__respondió  apoyando su dedo índice en el pecho del hombre. Era el primer contacto físico que tenían desde la ruptura. Movió el dedo buscando sentir las costillas.
__Me está buscando__ pensó él, halagado.
__Más o menos a esta altura, sería lo ideal. La punta llegaría directo al corazón.__Razonó ella y se estremeció.
__Entonces ya no es tal. __Dijo él en voz alta e intentó tomarla de la mano.
__Es doblemente tal. Dejemos esto, __respondió retirándose rápidamente__ tengo muchas facturas que controlar, y vos seguro que algo encontrarás. Aunque sea jugar con tu  computadora.__
__¿Qué te pasa?__   preguntó sonriendo con picardía.
__ Nada. Ahí está tu café. Tomalo  tranquilo, no voy a envenenarte. __
__¡Ésta pronto me perdona, y la recupero!__Calculó Antonio, cuya euforia por  su nueva conquista ya iba mermando, dado que la lujuria que  brindaba iba  acompañada cada vez con más exigencias de las que ya se estaba cansando. Pero claro, la disfrutaría todo lo que le era posible.
Cuando esa tarde volvió del gimnasio,- cuyo efectos empezaban a verse  no sólo en el porte, sino en l a elasticidad de su andar y  cierta energía que irradiaba-hizo lo que muchas veces: preparó una ensalada fresca y  la ingirió delante del televisor. Buscó y halló una película de su gusto. Allí quedó, su cuerpo cansado, pero su mente  atenta como la de una fiera. Así se sentía, como la caña que debe esfozarse para  abrirse paso entre la espesura, para llega a atrapar un rayo de sol. Debía crecer y crecer. Ser  flexible y fuerte a la vez. Esbelta  y robusta. Capaz de hacer silbar al viento.
__Y daré mucha sombra __ pensó semidormida__ en esa sombra descansará  mi corazón  herido, hasta cicatrizar. No supo decir luego si fue parte de la película o sólo un sueño suyo. Pero recordó haber visto  ballestas. Bellas y silenciosas. Tensando su cintura  al máximo, para impulsar la flecha en vuelo silencioso hasta  el enemigo. Le gustaron. Ballestas. Nada mal. Un recuerdo  vago  se hizo presente. ¿Acaso su padre no tuvo alguna vez una cosa de ésas?
Próximo fin de semana. Sin previo anuncio, visitó a sus padres. Los encontró en la casa donde pasó su niñez, y rió con ellos  desenterrando recuerdos, mirando viejas fotografías y revolviendo viejos cachivaches en el altillo. La vio, la apartó como si lo le interesara y cuando sus padres dormían la siesta, después del almuerzo durante el cual  llenó las copas de sus progenitores varias veces con el buen vino que trajo, subió  a hurtadillas como lo hacía  veinte años atrás, la bajó, desarmó y guardó en ese extraño bolso  marrón que trajo.
Cuando se fue esa  tarde, dejó dos  corazones felices por haber sido recordados y tenidos en cuenta aunque sea por un día.
__¡Qué bonita está nuestra hija! ¿No es cierto, papá? __
__Linda, guapa y buena. ¡Qué tiempos raros en los que una  mujer así no consigue marido!__
__Ya llegará el día. Mirá que volvió acá a  revivir su pasado. Eso es una señal. Está buscando un lugar para armar el nido.__
__Dios te oiga, mujer, que quiero conocer a mis nietos antes de irme.
No fue fácil armarla nuevamente. Más difícil fue hallar un lugar discreto para las prácticas. Dejó el gimnasio los martes y jueves. Esos días, se alejaba en bicicleta de la cuidad, hasta un  descampado detrás de unos pinos bien frondosos. Al principio, el lugar le daba miedo a ella misma. Pero a medida que su puntería avanzaba, su adrenalina  se concentró absolutamente en su objetivo. Le encantaba cómo los dardos  ya oxidados ahora refulgían en su limpia trayectoria para ir a dar en puntos que ella marcaba en algún cartón, en el cual visualizaba el pecho o el costado de su otrora bienamado. En la oficina, más de una vez  fijó su mirada en él, entrecerrando los ojos  y tentada a estirar los brazos como sosteniendo el arma.
Antonio  festejaba en silencio  estas miradas,  creyendo firmemente que expresaban deseo reprimido. Cosa no del todo errada, sólo que  con otra finalidad.
__No sé qué hace, pero se ve cada día mejor. Cuando termine con Lucía, la invito a pasar un fin de semana juntos en la playa y arreglamos todo.__organizaba él su vida.
Mientras, ella perfeccionaba su plan. Sabía que él salía a  trotar todas las mañanas por el parque cercano a su departamento. Conocía muy bien el  trayecto, por haberlo acompañado en otros tiempos.  Él, muy ordenado y metódico,  hacía siempre el mismo recorrido, a la misma hora. Fue a estudiar el lugar a la tarde, eligió un  rincón entre arbustos desde donde podía apuntar y disparar sin ser vista. Además, temprano prácticamente no había nadie, por lo que pasaría desapercibida. Un domingo se dirigió al lugar  casi antes del amanecer, ubicó un cartón allí donde supuestamente él estaría y ensayó con el arma. Salió de maravillas.  Su idea era llamarlo al teléfono celular que él siempre llevaba consigo, aún mientras trotaba, y de tal modo que pararía más o menos en el lugar adecuado. Ella le diría  que ésos eran sus últimos momentos y que mire hacia los arbustos. Él no saldría  corriendo ni nada por el estilo. Sencillamente porque no creería lo que escuchaba. Se lo imaginaba volteando hacia  el sitio indicado. Entonces, el dardo llegaría y ¡Plaf! En un instante ese cretino se daría cuenta de todo, comprendería todo, pero no podría ya arrepentirse. Y ella estaría liberada  de su odio. Se alejaría  sin mirar atrás, dejaría el bolso en un contenedor de residuos a media cuadra. Sabía que desde hacía años, todos los jueves a las 7.30 AM  aproximadamente pasaba el camión  de la empresa recolectora  a vaciarlo. Y adiós prueba del delito.
 Estuvo tan feliz que quiso compartir su alegría. Llamó a una vieja amiga y pasaron juntas el día, charlando de mil cosas. Entre otros muchos comentarios, ella mencionó que  sentía ganas de matarlo. La amiga rió y dijo:
__¡Ojo entonces! Que si aún después de tres meses no te calmaste, probablemente lo ames de verdad.  Por ahí algún día vuelven a juntarse.__
__ ¡Ni en sueños, querida, ni en sueños!__ respondió.
Sin embargo, esa noche  recordó esas palabras y evaluó sus sentimientos. No había merma en su  despecho. Seguía con esos terribles deseos de infligirle un gran mal.
Decidió que así debía ser, y listo. Lo haría la semana entrante. 

La semana se le hizo más difícil de lo que pensaba. Ya el lunes se levantó muy temprano y fue al parque, a verificar que él no había cambiado sus costumbres. Constató que debía apresurarse para regresar a su propio departamento, cambiarse y llegar a tiempo al trabajo. Ajá, se dijo. Debo dejar todo preparado, para no demorarme.
El miércoles volvió a ir como ensayo general. Todo parecía encajar perfectamente. La última noche fue terrible. No podía conciliar el sueño. Daba vueltas y vueltas, repasaba paso a paso todo una y otra vez. No se animó a tomar un tranquilizante, por miedo a quedarse dormida. Finalmente se levantó y miró una película, aunque incapaz de seguir el argumento. Bebió mucho café. Mucho. Revisó el despertador y volvió a acostarse. Imposible  dormir.  Tendida de espaldas, vacía de sentimientos esperó la hora indicada. Preparó todo como una autómata. Tomó el viejo bolso marrón, revisó los dardos y salió. El aire de la mañana parecía más frío ese día. Las calles más solitarias. Se ubicó en su lugar, miró el reloj y sacó la ballestra de su padre del bolso. Ceremoniosamente tomó el dardo, lo besó y colocó en su lugar. Alzó la vista y tomó el teléfono en la izquierda. Marcó el número  y esperó. Tocaría el botón “hacer llamada” cuando él aparecía. Así fue.
Antonio  venía un poco distraído. La noche anterior había estado con Lucía, quien le había pedido prestada una importante suma de dinero, para ayudar a sus padres, ya que  su madre debía operarse y no disponían de tanto efectivo. Más de una vez él había visto a los padres y parecían personas sencillas y honradas. Pero no le gustaba la idea de prestar así, bajo palabra, sus ahorros. Ni parte de ellos.  Algo le molestaba en el caso.
__Lo mejor sería cortar y volver con Analía, __pensó justo cuando sonó el teléfono
__Hola, aquí Antonio ¿si?__
__Hola, Antonio. Habla Analía.  Mirame y no vas  a poder  creerlo. __su corazón dio un vuelco al escuchar la voz de ella.
__ ¿Eh? ¿Qué te mire? ¿Y dónde estás? ¿Qué te pasa?__
__ Mirá hacia los arbustos de  flores azules, a tu derecha.__
__ ¿Qué, qué? ¿Mi derecha?__Preguntó y giró hacia ese lado. Aún estaba un poco oscuro, sobre todo en esa parte del parque. Instintivamente se inclinó hacia delante y entrecerró los ojos para ver mejor. Sintió un silbido de algo que rozó casi su rostro y  notó unos movimientos tras los arbustos, pero nada más. Alzó nuevamente el teléfono.
__Hola, Analía, ¿Sos vos? ¿Qué pasa? ¿Dónde estás?__
No hubo respuesta, pero oyó algunos ruidos extraños ,luego silencio. Miró hacia  todos lados. Nadie estaba a la vista. Por primera vez se percató de que  esa zona del parque estaba literalmente desierta a esa hora.  Se acercó  lentamente al matorral  de hortensias y vió algo que parecían cuerpos, con extraños movimientos sobre el húmedo suelo.
__¡Eh! ¿Quién está ahí?__gritó y  apartó unas ramas. Un hombre  se incorporó  bruscamente y salió corriendo a tropezones  Dio la vuelta y rodeó  el matorral. Quedó espantado al verla,  tirada en el  suelo, sus ropas  hechas girones.
__¡Analía, Analía! ¿Qué pasó? __Gritó tomando su rostro entre las manos. Ella tenía los ojos cerrados y su cabeza caía sin fuerza . __Él  acarició su cabello,su rostro  magullado y quedó mirándola, sin entender qué hacía ella allí a esa hora, quién había estado con ella, quién le había hecho esto y porqué.
__ ¡Analía! Repetía una y otra vez.  Aún cuando  los policías se acercaron, alertados por algún transeúnte que había escuchado los gritos del hombre.
__¡Policía!  ¡Levante las manos! ¡ Incorpórese!


La ofrenda.


Era el último balde de agua. Y nadie sabía cuando llovería. Todos en la casa estaban sudorosos, y la misma capa de polvo que cubría las hojas enroscadas de los naranjos, los muebles y los bordes de cada ventana, se extendía a los rostros, a los cabellos, a las ropas. Era una suerte tener sencillamente la letrina en el patio, y no un baño instalado.
Y ése era el último balde de agua, custodiado por la madre, ansiado por partes iguales por los perros, niños y hombres. Caía la noche, otra noche estrellada e insoportablemente tibia, una noche  como la que desean miles de personas en el mundo, pero  maldita por todos aquí, ahora. Un largo suspiro cortó el silencio agobiante
__Cada uno tomará un vaso, nada más.__sentenció ella y comenzó a repartir el preciado líquido, comenzando por el padre, en estricto orden, hasta Puqui, la perrita. Al terminar, miró lo que quedaba. Medio litro, más o menos. Pidió que todos salgan de la cocina y permaneció sentada  junto a la mesa,  con las manos entrelazadas en el regazo ancho, como dos palomas que se  hechan a descansar, cansadas de volar.
Cuando  todos sucumbieron al sueño, deambuló un rato por la casa, matando aquí y allá algunos mosquitos. Luego, sigilosamente, guardó en el bolso que usaba para las compras unas velas a medio quemar, un ramillete de laurel, marcela  y  ruda. Sus pies  descalzos  apenas si dejaron huella en el polvo del camino. La noche  parecía detenerse en un silencio  ahogado en el canto desesperado de un grillo reseco. Sin hacer caso de las espinas ni de las piedras, la corpulenta mujer  trepó una loma  a la vera del camino. Una vez arriba, extendió un mantel blanco sobre la tierra, colocó en su centro las hierbas aromáticas y lo rodeó con cuatro velas a medio quemar. Las encendió y se postró ante la improvisada ofrenda, rezando vehementemente. Con visible dificultad, se incorporó casi una hora y decenas de rezos más tarde. Miró hacia el horizonte. Nada. Con franca  desilusión, se preparó para regresar a la casa. Ella creía en la Madre Tierra, pero su hijos se reían de esa creencia, y hasta su comadre la reprendió tiempo atrás. Sintió un terrible dolor en el pecho y presa total de la desesperación, derramó el agua que había sobrado, en el suelo. Cayó gimiendo, casi desmayada. Cayó en un delirio absurdo, presa de fantasías y pesadillas. En una de ellas, llovía. Nunca supo si fue realidad o producto de su mente, pues cuando la mañana besó su frente con gruesas gotas cristalinas, su alma ya estaba más allá de la sequía.
                                                                                              Renata Otto de Tori
                                                                                                          11-03-05
1º Mención en el rubro “Cuentos”
II Certamen Internacional de Poesía y cuento breve
“Cosme Sebastián Reniero”
Otorgado el 05 de noviembre de 2005.-Ciudad de Avellaneda- pcia. De Santa Fe
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El Milagro  


         El Paraná, de espíritu impredecible como el del humano, baña el santuario de la Virgen de Paticuá. Desolado paraje, donde los yuyos, el calor y el silencio reinan casi todo el año. Casi. A principios de diciembre todo se alborota. Se cortan los yuyos en flor; y el ocho, todo se decora con flores de papel.
Brotan quioscos, parrillas, baños, caminos delimitados con cuerdas. Calor, polvo rojo, pollo asado comido de la mano sobre papel de diario. Cerveza, agua sucia y fervor religioso inundan el lugar.
María del Carmen Toledo de Martí estacionó su Renault 21 reluciente y apagó el aire acondicionado.
__¡Santa virgen!__exclamó sin devoción alguna.__¿Qué pasa acá?__
Habían invadido su Edén. Donde el amor sabía a aventura. Bajó y apoyó con cuidado su tacos entre los papeluchos y latas vacías, niños sucios que corrían y adultos que ni la veían.
__¡P…madre!__Sus ojos brillaron de odio hacia esos intrusos. Hace unos días estuvo aquí, bien acompañada y había perdido el anillo que hace poco le regalara su marido, el diputado Martí. Y él venía de la capital esta tarde ¡Tenía que encontrarlo! Trató de recordar detalles.
__Se me debe haber caído cuando estuvimos en la vereda del santuario…__
__¿Una vela pa’ la virgen querés?__le ofreció una joven morena de misteriosos ojos.
__¡Metétela!...Está bien, dame una.__
La joven morena tenía una extraña sonrisa en los ojos, cuando le pasó la vela ya prendida. Con ella en la mano, María del Carmen recorrió, de rodillas, la vereda nueve veces, ida y vuelta. Palmo a palmo buscó la sortija. Nada. Al levantarse, lloraba más de rabia que del dolor que de producían sus piernas. Fue tambaleando hasta el coche y se sentó, dejando los pies colgando afuera. Apenas si oyó la voz que le dijo:
__No sólo la virgen  hace milagros, yo también por quinientos pesos.__
__¿Qué?__ Alzó la vista. En los ojos de la vendedora de velas se reflejaba el brillo de su maldito anillo.
__¡Hija de p…!__
__¡Hija de pobres, señora de Martí!__

Renata Otto de Tori
Diciembre 1999


Primer premio del Concurso literario del MERCOSUR
Rubro cuento-
Posadas 2003

 Algunas veces, lo que una escribe  toca las fibras de los miembros de un jurado.
Agradeco a los que así lo decidieron, por haberme otorgado los siguientes
PREMIOS Y MENCIONES
  • Mención especial en el concurso de cuentos  Jorge Luis Borges, con “La tentación” Noviembre 1992
  • Mención especial en el Concurso de laYerba Mate, con el Poema: “El Tarefero”. Octubre 1998
  • 1º Premio del Rotaract Club lanas General Paz por el poema: “Mágico Conjuro”2002-2003
  • 1º Premio en el Concurso Literario del MERCOSUR  con: “El milagro” 2003
  • 1º Mención en el rubro “Cuentos” II Certamen Internacional de Poesía y cuento breve“Cosme Sebastián Reniero”  Otorgado el 05 de noviembre de 2005.-Ciudad de Avellaneda- pcia. De Santa Fe, por La Ofrenda.
  • Libro de Oro de  la Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Misiones por el cuento: “El caso de Gregoria Beltrán” julio 2010.



Primer premio del IV concurso de 
Relatos por el Libro de Oro y Plata  2010
De la Subecretaría de Cultura de la Provincia de Misiones
Coordinado por Aurora Bitón

El caso de Gimena Beltrán

Gimena Beltrán  vivía  en una casita de tablas anchas, techo de  lo que se tenía a mano y algunas chapas negras de cartón, a orrillita  nomás del arroyo Piraý, donde aún es un delgado curso de agua, o lo que uno se imagina al escuchar la palabra arroyo. La casa, de piso de tierra tan apisonada y barrida que parecía tener una capa de cemento, estaba  a unos cien metros del agua, que en épocas de lluvia se acercaba a  la mitad de esa distancia. La rodeaba un patio  de tierra también, siembre impecable, como si esperara visitas. Pero la única persona que venía una vez al mes era su compañero, desde que se fue a trabajar en la forestadora, para tener para la provista. Dos, tres días nomás se quedaba, pero era toda una fiesta. Traía la bolsa de harina, la grasa, el azúcar, jabón y otros elementos que durante el mes entrante, servirían de sustento a Gimena y sus seis gurises, sin contar el de su panza. Siempre  tenía alguna sorpresa, además de las cosas indispensables: a veces una bolsa de caramelos,  polvo de cacao o dulce de membrillo. Y los gurises saltaban de contentos y corrían por el patio  detrás del mayor, que ya tenía como diez años, y que llevaba el dulce tesoro en las manos en alto.
Ese día carneaban una gallina y ella hacía el mejor borí-borí o un buen guiso en la negrita. Gimena florecía y se renovaba  en esas ocasiones, porque siempre , unos días antes, cuando se acababa el último kilo de azúcar, le invadía el temor de que su Juancho  no venga. Temía que le había pasado algo malo en ese trabajo tan duro en la forestadora, tumbando o desgajando árboles  todo el día, con su motosierra. O que había encontrado otra para su compañera, ya que ella,  con cada crío que nacía, estaba más deteriorada y bien sabía que por los campamentos de los obrajes, solían rondar mujeres  jóvenes tratando de enganchar a alguno.
Pero hasta ese día de mayo de noventa y tres, el Juancho hacía su entrada triunfal alrededor del ocho de cada mes. Y vino también ese mayo. Llovía a cántaros, por lo que se quedaron  amuchados  adentro. Juancho tocó la panza  henchida de Gimena y preguntó cuándo será que venía  el gurisito nuevo. Ella le dijo que pronto, según lo que la comadre Rufina le dijo, que seguro la próxima vez que vendría él, ya lo alzaría. Él quedó muy serio y en un suspiro  rogó en nombre de sus fallecidos, que sea una guaina esta vez. “para  que te ayude” pareció disculparse, pero ella rió nomás porque los varones  eran su mano derecha todo el día, y estaba orgullosa de ellos. No dijo nada, pero sabía que Juancho era muy supersticioso y tenía terrible miedo al séptimo hijo varón. A ella no  le parecía posible lo del Lobizón, por lo que estaba tranquila.
Dos días más tarde, Juancho se fue y la rutina volvió a instalarse. Ya temprano, cuando todavía  la neblina cubría el espejo del agua, Gimena bajó al arroyo a mojar  y enjabonar la ropa que lavaría más tarde. Densa y blanquísima, se arremolinaba  por instantes la niebla que emergía  del agua rojiza del arroyo, que bajaba caudaloso por las lluvias de los últimos días.  Sintió  fuertes patadas en su vientre cuando se  arrodilló  en la piedra para mojar la ropa. Levantó la cabeza  para respirar mejor y entonces, al abrir los ojos, vió una figura  que parecía flotar entre la niebla, en medio del arroyo. Cerró los ojos y volvió a abrirlos, pero esa figura, como de mujer, seguía ahí. Pasmada, Gimena quedó mirándola  boquiabierta. Más que susto, estaba dura de sorpresa. Había escuchado de apariciones, pero nunca lo creyó demasiado. Pero un sentimiento tibio surgía en su pecho  y se sentía atraída por esa imagen. Y de pronto la reconoció: era Ñá Cleta, la abuela  materna de Juancho, fallecida hace años. Sin que sus labios se abrieran, preguntó a la aparición a qué venía. Y sintió un intenso dolor en su panza como respuesta. Venía a busca al aún no nacido. Gimena sacudió la cabeza y finalmente un  ¡No! Rasgó el silencio. Trepó rápido el barranco, pero el suelo todavía  estaba húmedo y resbaló de nuevo hasta  quedar semisumergida en el agua. Ya no pudo incorporarse, el parto de desencadenó de golpe. Y la corriente  llevó al indefenso hasta los brazos de Ña Cleta. Con inhumano esfuerzo, Gimena logró arrastarse un poco, saliendo del agua.
 A sus gritos  acudió el mayor, que  enseguida vino a socorrerla, y, una vez  acostada en una zona más  seca, la tapó con una frazada y salió disparado a buscar a la comadre. Hasta que vino, el sol  salió y entibió el cuerpo de Gimena, sacudido por fuertes chuchos. No podía sacarse la imagen de la mente y comprendió que aunque fallecidos, todos  estaban en algún lugar. Lo que  siempre quedó en duda, fue el destino de su séptimo hijo varón.
El Juancho, con gran cargo de conciencia,  está aún hoy convencido que sobrevivió, y que debe andar  vagando por el monte. Por eso se vino con  Gimena y los chicos, a vivir al pueblo, por miedo nomás.

Rufina Díaz



LA TENTACIÓN


__¡Qué capo!—exclamó Javier golpeándose la pierna enfundada en vaqueros con la palma de la mano.
__¡Bárbaro, che! Afirmó Andrés, su hermano mayor.__¡Suerte que al menos hoy pasaron una buena película!__siguió__ ¡Con toda esta lluvia es un bodrio  estar en casa!__
__Lo peor es que el viejo también se queda y no se aguanta ni un poco de música__
__¡Sí1 ¡Vamos a transformarnos en peces con tanta agua!__bufó Andrés acercándose a la ventana cerrada.
Hacía tres semanas que la lluvia caía, ya fuerte, ya tenue, callando por horas para reiniciarse de pronto.
Esa cortina de agua no los dejaba salir. Eran las rejas que transformaron  las vacaciones de julio en  un aburrido encierro.
__Si sabía esto, me quedaba en Eldorado. No será la gloria, pero¡ ya no aguanto más esto!__
Los dos hermanos, nacidos y criados aquí, en Santiago de Liniers, estudiaban en la cercana ciudad. Vivían  allí en una pensión desde hace varios años.
__¡Ché, tenemos que hacer algo!__
__¿Y si vamos al río?__
__¡Estás loco!__
   Totalmente transfigurado, el Piraý metía sus garras rojas en el monte, arrancaba árboles enteros para engullirlos...Era un sser vivo, de brillante cuerpo cobrizo que se arrastraba  hechizando  y devorando mientras rugía con voz sorda y profunda. Su atracción era inmensa, más aún para quienes conocen el total placer de entregarse, sentirse uno con él y dejarse llevar, llevar...
Muchas veces  ellos lo habían hecho. ¡Si aprendieron a nadar como apreendieron a andar!
Las cámaras de rueda de tractor fueron  sacadas del galpón. El plan parecía seguro.
Javier y Andrés olvidaron la película, la casa, el aburrimiento.
__¡Vamos, dale!__
__¡Sí, vamos!__ Una extraña impaciencia les removía las entrañas. Caminaron un buen rato de aquí  hacia allá por la nueva costa. (lo que hace días fue la ribera, ahora estaba varios metros bajo el agua.) El río parecía mirarlos retorciéndose como mujer voluptuosa e insaciable. Su piel aparentaba suave y firme. Tentaba.  Llamaba.
__Tenemos que atarnos, digo yo, está muy fuerte la correntada.__Javier pasó una soga alrededor de su cintura amarrándola luego a la cámara.
Andrés  soltó una sonora carcajada
__¡Parecés un bebé en andador!__
__¡Vos reíte nomás, te quiero ver allá en el agua!__le respondió el mayor señalando con la cabeza hacia el río.
__¡No me vas a ver nada!¿Sé nadar mejor que vos, y eso ahí sólo es agua!__
Un gran raigón  pasó en ese momento frente a ellos. Girando. Zambulléndose a ratos.
__Bueno, agua y yuyos.__admitió Andrés.
Se quitaron las camperas de cuero y las colgaron  en el ellioti más cercano. Allí quedaron. Dos testigos negros, mudos y empapados de aquella locura.
               Saltar, sentir el puñal helado del agua en la piel, horadando hasta los huesos y empezar a girar vertiginosamente, fue una sola cosa.
__¡Dios ¡ __pensó Javier__¡Dios! ¡Mamá! __sintió que aquel monstruo lo devoraba, masticándolo con su dentadura de troncos, ramas, raíces. Respiró como pudo, profundamente y trató de ver a su hermano. No pudo. Los pantallazos de costa que logró captar le eran desconocidos. Y seguía girando. Su estómago parecía forzado por aquella centrífuga a escaparse del cuerpo. Sintió su boca llena. Y giraba. Intentó gritar, pero sólo se mezcló lo que pugnaba por salir con el agua que se metía, como un dedo frío en su garganta.
Un solo pensamiento se le fijó.¡Salir! ¡Salir lo más pronto de allí! Sintió un dolor agudo y un cuerpo firme a su izquierda. Asió el tronco instintivamente. Por un instante, se reconfortó. Abrió los ojos para orientarse. Entonces vio ese gran cedro que conocía bien.
__¡Dios! __pensó __¡Qué lejos llegamos! ¡Esto es como a tres kilómetros de nuestra chacra! Es aquí donde...¡el salto!__
Y ya se sintió absorbido por un abismo sin fin. Perdió contacto con el tronco. Bajo la presión del agua, le pareció explotar. Se asfixiaba. --¡Subir! ¡Debo subir!__
Pero bajaba, bajaba. Como empujado por una mano gigante. De pronto, el agua pareció arder. Se iluminó de un naranja centellante y lo fulminó.
Aún así siguió descendiendo y el mismo tronco que casi significó la salvación, terminó por introducir aquel bulto tierno en la grieta que durante centurias taladró el salto en el lecho del río.
Empezó a llover de nuevo.
Marta, la madre de los chicos estaba sentada junto a la cocina de leña , tejiendo. Tejía un pulóver para “su” Javier. De pronto algo indefinido la inquietó y alzó la cabeza.
__¿Los chicos, dónde están?__le preguntó a su marido.
Éste encogió los hombros y largó unas bocanadas de humo antes de responder:
__Se fueron.__
Ella quedó tiesa, mirándolo sin comprender. ¿O comprendió todo?
Lentamente, el tejido cayó de sus manos. Se levantó y con pasos vacilantes, se acercó a la ventana. Aún llovía...
Deseo  peligroso

            Su primera reacción había sido común.  Como lo hacen todas las mujeres que se sienten abandonadas, lloró desconsoladamente. Dejó fluir sus lágrimas  todo el sábado, casi toda la noche siguiente y el domingo la encontró con la sensación de que su cráneo estallaría, además de un malestar  general tremendo. Pensó que jamás se levantaría de esa cama así que se quedó tendida entre las sábanas húmedas de dolor.
 La flor entrega su belleza al sol, reflejando uno de los colores de su bellísima luz. Un matiz nuevo, perfecto, tan suave al tacto como a la vista y al olfato. Más si el sol la rechaza, será sólo espina y aroma fétido, como aquella que se abre de noche en el desierto. Finalmente algo tan mundano como la urgencia de ir al baño la obligó a incorporarse. Sentada en el inodoro, quizá inspirada por el fluir ardiente saliendo de su cuerpo, continuó llorando. Buscó consuelo en su propia imagen, sabiéndose bonita  al fin,  pero sólo una terrible rabia la inundó al ver su rostro desencajado e hinchado en el espejo. Tomó una larga, muy larga ducha caliente. Luego una  breve y fría. Llenó la bañera y le puso sales aromáticas antes de sumergirse. Cerró los ojos y se sintió un poco mejor. Salvo el tenaz dolor de cabeza.
Tres aspirinas con café negro y muy dulce. Nuevamente las lágrimas fluyeron: negro y dulce era él. Sintió la caricia de la infusión en  garganta y en sus pantorrillas. No, ésa  era del gato. El que él le había regalado. A ella nunca le habían agradado los  gatos, animal traicionero y sólo capaz de amarse a sí mismo. Pero como venía de él, lo aceptó, cuidó y mimó. Como si fuera una extensión de  su amado. Y así había resultado: infiel. El animalito ronroneó y se estregó contra su pierna, dispuesto a una sesión de  cariños. El contacto  produjo el efecto de una descarga eléctrica en ella, que hizo volar al felino hasta  el sofá del living.
__ ¡Fuera de aquí! __gritó  al arrojarlo, y luego mirándose ambos  -un poco agazapados- fijamente a los ojos, agregó: __Debería matarte.__
Sus  palabras quedaron flotando en el aire, como si en lugar de voz hubiera fluido tinta espesa. Se quedó asombrada, mirándolas, observando cómo se  diluían  lentamente. Las leyó, las absorbió, las degustó. Cuando ya no quedó nada de ellas,  las repitió para seguir paladeándolas. Y empezó a  pensarlas. Sin apuro, y bien regada con café, su mente  comenzó a maquinar. Desde el  fondo de su  ego herido  emergió la sed de venganza. Su amor hacia él era especial, su odio también lo sería  Ella no le haría una escena, ni dejaría su trabajo, en el cual  compartían forzosamente  ocho horas diarias para no verlo más.
 No. Aceptaría con altura la decisión de él  de separarse, para seguir el llamado de una desgraciada de físico espectacular, rulos perfectos y andar infartante. No podía competir con eso, dado que no tenía ni uno de esos atributos. Pero tenía otras  capacidades que él aún desconocía  Por momentos, el llanto intentó  avasallarla de nuevo, pero el entusiasmo por  sus propios pensamientos, que la sorprendían provocando a sensación de que otra persona la habitaba repentinamente, pudo más.  Siguió la senda  sinuosa de los mismos con la certeza de estar en lo correcto.
 Él la había destruido, por ende, le tocaba a ella defenderse. O más, a condenarlo, en un juicio interno, mudo y sin testigos, a muerte. Pero no sería un asesinato común. No. Tenía que ser único. Dado el caso de que sería  su único asesinato. No era cuestión de convertirse en  asesina serial, era simplemente una mano justiciera. Estaba convencida de que esa acción  volvería las cosas a la normalidad. (Aunque  habría  a abandonado  lo normal definitivamente, ya que nadie en nuestra condenada sociedad considera normal a un asesino, ni aún cuando las causas lo justifiquen plenamente.)
Matarlo. Bien. Pero, ¿cómo? El veneno es desde  milenios el  recurso femenino más usado, por lo que quedó absolutamente desechado de entrada. Nada de vulgaridades. Nada que pueda conducir  a algún investigador a ella. Por otro lado, consideró fundamental que él sepa quién le quitaba la vida. Sólo él. Pero tenía que saberlo. Porque más que  simplemente eliminarlo, se trataba de demostrarle  poder, el poder de  disponer de lo esencial, de apagar la flama que nos une al reino de los vivos.
__No quisiste darme tu amor, pues tendrás que darme tu vida. Sin ella, ningún deseo te será posible. __ Pensó e inmediatamente preparó más café.
El lunes, disfrutó  el cómo -su ahora sólo compañero de oficina – tenía dificultades para encontrar nuevos términos y  modalidades para llevar a cabo el trabajo que lo demandaba. Le divertía ver que él, lejos de lo que su  masculinidad anunciaba, estaba  incómodo, sin saber muy bien cómo hablarle, ya que los cariñosos  giros que usara hasta hace unos días, ya estaban fuera de lugar.
Ella  caminó muy erguida, luciendo un nuevo peinado de  estridente color rojo. Lastimosamente debía usar  gafas oscuras, ya que su cuerpo no seguía el ritmo de su mente, y aún tenía los ojos  hinchados.
__Hola.__ saludó él.
__Hola, ¿Cómo estás? __
__Mhm.__Respondió Antonio .Nada más. No se atrevió él a utilizar la formalidad  “Bien, ¿y vos?” ya que entendía que ella debía estar muy mal, aunque ¡guacha! Se veía bien con ese cabello rojo. Pero,¿ qué podía hacer él contra la  loca química  de sus propias hormonas?  La atracción que sentía hacia Lucía- la chica que produjo este desequilibrio en su interior- era demasiado intensa, ella estaba demasiado fuerte y demasiado interesada en él como para negarse. Estaba en juego su hombría,  su fama de macho conquistador. No le quedaba otra que seguirle el juego. Pobre muchacho, víctima del rol que la sociedad impone a los hombres. Incapaz de  ponerse a la altura de los tiempos modernos, donde  el varón tiene derecho a  rechazar una oferta, más aún donde deberá rechazar muchas, puesto que  no podrá satisfacer a todas.6
Debían preparar juntos el presupuesto del mes entrante, como lo habían hecho siempre.
Ella lo observaba detenidamente. (Los anteojos oscuros resultaron geniales en este caso).
Su mano, siguiendo el camino de la costumbre, quiso levantarse para  acariciar la fuerte nuca  oscura como tantas  veces, pero la parte de su cerebro que dirigía el desquite ,absolutamente frío y alerta, impidió el gesto.
Aquel  espacio entre  el cuello de tela  blanco  y la línea prolija de los cabellos negros ahora  despertaba  otros pensamientos: ¿Cómo quedaría si una  barra de acero golpearía justo allí?  La imaginó  violácea, abierta la piel,  despidiendo  hilos rojos que mancharían la pulcritud de la camisa. Quizá la cabeza  se arquearía  hacia atrás, arrugando la piel tersa.
Él  seguía  ingresando al sistema los ítems que ella nombraba con voz monótona, carente de emociones, mientras que seguía maquinando, como si se hubiese partido en dos: la que estaba a la vista de  todos y la que sólo ella conocía.
__No tengo suficiente fuerza como para golpearlo así.__ pensó__ Tengo que hacer algo al respecto. En voz alta dijo.
__ Viáticos  y combustible.__
Esa misma tarde llevó al gato a una veterinaria para que lo regalen a quien sea y  se inscribió en un gimnasio para hacer pesas y algo de boxeo. Exhausta pero satisfecha,  apoyó esa noche su  rostro en la tibia almohada, imaginando detalles de una acción que lentamente  se definía. En el camino que él recorría  diariamente, había una zona en la cual un muro bordeaba la vereda. Sobre el mismo, un andamio brindaba  la excelente oportunidad de  que una viga caiga  casualmente en  determinada nuca. Todo era cuestión de organización y cálculo.
Diariamente  esperaba con ansias la hora de salir de la oficina, para   ir  urgentemente al gimnasio. Sentía  como su  energía se concentraba en sus músculos, y la sensación de poder y victoria la embriagaba ya. Transpirada, jadeante, con el cuerpo agotado pero el espíritu  en alto, volvía a su  departamento, se preparaba una comida energizante y  cada bocado  lo ingería consiente de que aumentaría  su capacidad de llevar a cabo su plan.
Cortaba  apio para mezclarlo con manzanas y nueces el domingo por la mañana, cuando el crujir de los  vigorosos tallos  bajo la afilada cuchilla, despertó otras fantasías. La levantó con lentitud y  pasó el filo suavemente por su lengua, en una  fría caricia vertical. Fijó su vista en la manzana y la apuñaló repentinamente. Tomada por sorpresa, la fruta  se partió en dos sin un quejido.
__Su piel será más resistente, pero se abrirá  como la grieta en la piedra.__ pensó.
Dejó su ensalada a medio preparar y fue a la frutería.
__¡Hola, preciosa! ¿Qué se te ofrece? __
___No sé muy bien,  alguna de cáscara firme , parecida a la piel de tu pecho.__
__Mhmm. ¿Cómo  mi pecho? Mira que  vello bien macho no me falta, toma un coco.__
__No, nada que ver.  Dame una sandía. O esa calabaza.  O mejor ambas.__
__¿Te vas a fabricar un hombre?  Puedo recomendarte algunas cosas más, aunque todo eso es desperdicio. Te acompaño y ya no necesitas  armarte nada, muñeca.__
__¡Ja, ja! Que te levantaste muy gracioso hoy, muchachito. No querrás  que te haga lo pienso hacerle.__
__Si vos se lo hacés,  lo disfrutaría, lo que fuera.__
__Dejate ya de pavadas. ¿Cuánto te debo?__
__Son cinco, y de propina un beso. __
__Toma los cinco y la otra te la quedo debiendo.__
__Alguna vez pagarás tus deudas.__
__Primero quiero cobrarme algunas, hay gente que me quedó debiendo por ahí.__
Cinco sandías compró ese día. Atizando la imaginación y el deseo del verdulero, a quien casi no se saca de encima al adquirir la última, tanto insistió en llevársela él en persona a su casa. No poco se habría asombrado al ver cómo  clavaba  los cuchillos, ya uno, ya otro, en la jugosa  fruta, absorbiendo con sus labios, en desenfrenado placer los líquidos que de las heridas brotaban, dulce sangre embriagadora. Cuando ya estaba muy  lastimada, la picaba toda, arrojando luego esa supuesta carne  muerta a una bolsa de residuos.
__Muy buenos días___ saludó  al objetivo de sus puñaladas al día siguiente.
__¡Hola, ¿cómo estás?__
__Fantástica. ¿Tomás un café?__
__No puedo negarme. Gracias. __
__Ése es justamente tu problema.__
__Hay que tomar las cosas como vienen__
__Error. Hay que  manejar su voluntad.__respondió  apoyando su dedo índice en el pecho del hombre. Era el primer contacto físico que tenían desde la ruptura. Movió el dedo buscando sentir las costillas.
__Me está buscando__ pensó él, halagado.
__Más o menos a esta altura, sería lo ideal. La punta llegaría directo al corazón.__Razonó ella y se estremeció.
__Entonces ya no es tal. __Dijo él en voz alta e intentó tomarla de la mano.
__Es doblemente tal. Dejemos esto, __respondió retirándose rápidamente__ tengo muchas facturas que controlar, y vos seguro que algo encontrarás. Aunque sea jugar con tu  computadora.__
__¿Qué te pasa?__   preguntó sonriendo con picardía.
__ Nada. Ahí está tu café. Tomalo  tranquilo, no voy a envenenarte. __
__¡Ésta pronto me perdona, y la recupero!__Calculó Antonio, cuya euforia por  su nueva conquista ya iba mermando, dado que la lujuria que  brindaba iba  acompañada cada vez con más exigencias de las que ya se estaba cansando. Pero claro, la disfrutaría todo lo que le era posible.
Cuando esa tarde volvió del gimnasio,- cuyo efectos empezaban a verse  no sólo en el porte, sino en l a elasticidad de su andar y  cierta energía que irradiaba-hizo lo que muchas veces: preparó una ensalada fresca y  la ingirió delante del televisor. Buscó y halló una película de su gusto. Allí quedó, su cuerpo cansado, pero su mente  atenta como la de una fiera. Así se sentía, como la caña que debe esfozarse para  abrirse paso entre la espesura, para llega a atrapar un rayo de sol. Debía crecer y crecer. Ser  flexible y fuerte a la vez. Esbelta  y robusta. Capaz de hacer silbar al viento.
__Y daré mucha sombra __ pensó semidormida__ en esa sombra descansará  mi corazón  herido, hasta cicatrizar. No supo decir luego si fue parte de la película o sólo un sueño suyo. Pero recordó haber visto  ballestas. Bellas y silenciosas. Tensando su cintura  al máximo, para impulsar la flecha en vuelo silencioso hasta  el enemigo. Le gustaron. Ballestas. Nada mal. Un recuerdo  vago  se hizo presente. ¿Acaso su padre no tuvo alguna vez una cosa de ésas?
Próximo fin de semana. Sin previo anuncio, visitó a sus padres. Los encontró en la casa donde pasó su niñez, y rió con ellos  desenterrando recuerdos, mirando viejas fotografías y revolviendo viejos cachivaches en el altillo. La vio, la apartó como si lo le interesara y cuando sus padres dormían la siesta, después del almuerzo durante el cual  llenó las copas de sus progenitores varias veces con el buen vino que trajo, subió  a hurtadillas como lo hacía  veinte años atrás, la bajó, desarmó y guardó en ese extraño bolso  marrón que trajo.
Cuando se fue esa  tarde, dejó dos  corazones felices por haber sido recordados y tenidos en cuenta aunque sea por un día.
__¡Qué bonita está nuestra hija! ¿No es cierto, papá? __
__Linda, guapa y buena. ¡Qué tiempos raros en los que una  mujer así no consigue marido!__
__Ya llegará el día. Mirá que volvió acá a  revivir su pasado. Eso es una señal. Está buscando un lugar para armar el nido.__
__Dios te oiga, mujer, que quiero conocer a mis nietos antes de irme.
No fue fácil armarla nuevamente. Más difícil fue hallar un lugar discreto para las prácticas. Dejó el gimnasio los martes y jueves. Esos días, se alejaba en bicicleta de la cuidad, hasta un  descampado detrás de unos pinos bien frondosos. Al principio, el lugar le daba miedo a ella misma. Pero a medida que su puntería avanzaba, su adrenalina  se concentró absolutamente en su objetivo. Le encantaba cómo los dardos  ya oxidados ahora refulgían en su limpia trayectoria para ir a dar en puntos que ella marcaba en algún cartón, en el cual visualizaba el pecho o el costado de su otrora bienamado. En la oficina, más de una vez  fijó su mirada en él, entrecerrando los ojos  y tentada a estirar los brazos como sosteniendo el arma.
Antonio  festejaba en silencio  estas miradas,  creyendo firmemente que expresaban deseo reprimido. Cosa no del todo errada, sólo que  con otra finalidad.
__No sé qué hace, pero se ve cada día mejor. Cuando termine con Lucía, la invito a pasar un fin de semana juntos en la playa y arreglamos todo.__organizaba él su vida.
Mientras, ella perfeccionaba su plan. Sabía que él salía a  trotar todas las mañanas por el parque cercano a su departamento. Conocía muy bien el  trayecto, por haberlo acompañado en otros tiempos.  Él, muy ordenado y metódico,  hacía siempre el mismo recorrido, a la misma hora. Fue a estudiar el lugar a la tarde, eligió un  rincón entre arbustos desde donde podía apuntar y disparar sin ser vista. Además, temprano prácticamente no había nadie, por lo que pasaría desapercibida. Un domingo se dirigió al lugar  casi antes del amanecer, ubicó un cartón allí donde supuestamente él estaría y ensayó con el arma. Salió de maravillas.  Su idea era llamarlo al teléfono celular que él siempre llevaba consigo, aún mientras trotaba, y de tal modo que pararía más o menos en el lugar adecuado. Ella le diría  que ésos eran sus últimos momentos y que mire hacia los arbustos. Él no saldría  corriendo ni nada por el estilo. Sencillamente porque no creería lo que escuchaba. Se lo imaginaba volteando hacia  el sitio indicado. Entonces, el dardo llegaría y ¡Plaf! En un instante ese cretino se daría cuenta de todo, comprendería todo, pero no podría ya arrepentirse. Y ella estaría liberada  de su odio. Se alejaría  sin mirar atrás, dejaría el bolso en un contenedor de residuos a media cuadra. Sabía que desde hacía años, todos los jueves a las 7.30 AM  aproximadamente pasaba el camión  de la empresa recolectora  a vaciarlo. Y adiós prueba del delito.
 Estuvo tan feliz que quiso compartir su alegría. Llamó a una vieja amiga y pasaron juntas el día, charlando de mil cosas. Entre otros muchos comentarios, ella mencionó que  sentía ganas de matarlo. La amiga rió y dijo:
__¡Ojo entonces! Que si aún después de tres meses no te calmaste, probablemente lo ames de verdad.  Por ahí algún día vuelven a juntarse.__
__ ¡Ni en sueños, querida, ni en sueños!__ respondió.
Sin embargo, esa noche  recordó esas palabras y evaluó sus sentimientos. No había merma en su  despecho. Seguía con esos terribles deseos de infligirle un gran mal.
Decidió que así debía ser, y listo. Lo haría la semana entrante. 

La semana se le hizo más difícil de lo que pensaba. Ya el lunes se levantó muy temprano y fue al parque, a verificar que él no había cambiado sus costumbres. Constató que debía apresurarse para regresar a su propio departamento, cambiarse y llegar a tiempo al trabajo. Ajá, se dijo. Debo dejar todo preparado, para no demorarme.
El miércoles volvió a ir como ensayo general. Todo parecía encajar perfectamente. La última noche fue terrible. No podía conciliar el sueño. Daba vueltas y vueltas, repasaba paso a paso todo una y otra vez. No se animó a tomar un tranquilizante, por miedo a quedarse dormida. Finalmente se levantó y miró una película, aunque incapaz de seguir el argumento. Bebió mucho café. Mucho. Revisó el despertador y volvió a acostarse. Imposible  dormir.  Tendida de espaldas, vacía de sentimientos esperó la hora indicada. Preparó todo como una autómata. Tomó el viejo bolso marrón, revisó los dardos y salió. El aire de la mañana parecía más frío ese día. Las calles más solitarias. Se ubicó en su lugar, miró el reloj y sacó la ballestra de su padre del bolso. Ceremoniosamente tomó el dardo, lo besó y colocó en su lugar. Alzó la vista y tomó el teléfono en la izquierda. Marcó el número  y esperó. Tocaría el botón “hacer llamada” cuando él aparecía. Así fue.
Antonio  venía un poco distraído. La noche anterior había estado con Lucía, quien le había pedido prestada una importante suma de dinero, para ayudar a sus padres, ya que  su madre debía operarse y no disponían de tanto efectivo. Más de una vez él había visto a los padres y parecían personas sencillas y honradas. Pero no le gustaba la idea de prestar así, bajo palabra, sus ahorros. Ni parte de ellos.  Algo le molestaba en el caso.
__Lo mejor sería cortar y volver con Analía, __pensó justo cuando sonó el teléfono
__Hola, aquí Antonio ¿si?__
__Hola, Antonio. Habla Analía.  Mirame y no vas  a poder  creerlo. __su corazón dio un vuelco al escuchar la voz de ella.
__ ¿Eh? ¿Qué te mire? ¿Y dónde estás? ¿Qué te pasa?__
__ Mirá hacia los arbustos de  flores azules, a tu derecha.__
__ ¿Qué, qué? ¿Mi derecha?__Preguntó y giró hacia ese lado. Aún estaba un poco oscuro, sobre todo en esa parte del parque. Instintivamente se inclinó hacia delante y entrecerró los ojos para ver mejor. Sintió un silbido de algo que rozó casi su rostro y  notó unos movimientos tras los arbustos, pero nada más. Alzó nuevamente el teléfono.
__Hola, Analía, ¿Sos vos? ¿Qué pasa? ¿Dónde estás?__
No hubo respuesta, pero oyó algunos ruidos extraños ,luego silencio. Miró hacia  todos lados. Nadie estaba a la vista. Por primera vez se percató de que  esa zona del parque estaba literalmente desierta a esa hora.  Se acercó  lentamente al matorral  de hortensias y vió algo que parecían cuerpos, con extraños movimientos sobre el húmedo suelo.
__¡Eh! ¿Quién está ahí?__gritó y  apartó unas ramas. Un hombre  se incorporó  bruscamente y salió corriendo a tropezones  Dio la vuelta y rodeó  el matorral. Quedó espantado al verla,  tirada en el  suelo, sus ropas  hechas girones.
__¡Analía, Analía! ¿Qué pasó? __Gritó tomando su rostro entre las manos. Ella tenía los ojos cerrados y su cabeza caía sin fuerza . __Él  acarició su cabello,su rostro  magullado y quedó mirándola, sin entender qué hacía ella allí a esa hora, quién había estado con ella, quién le había hecho esto y porqué.
__ ¡Analía! Repetía una y otra vez.  Aún cuando  los policías se acercaron, alertados por algún transeúnte que había escuchado los gritos del hombre.
__¡Policía!  ¡Levante las manos! ¡ Incorpórese!


La ofrenda.


Era el último balde de agua. Y nadie sabía cuando llovería. Todos en la casa estaban sudorosos, y la misma capa de polvo que cubría las hojas enroscadas de los naranjos, los muebles y los bordes de cada ventana, se extendía a los rostros, a los cabellos, a las ropas. Era una suerte tener sencillamente la letrina en el patio, y no un baño instalado.
Y ése era el último balde de agua, custodiado por la madre, ansiado por partes iguales por los perros, niños y hombres. Caía la noche, otra noche estrellada e insoportablemente tibia, una noche  como la que desean miles de personas en el mundo, pero  maldita por todos aquí, ahora. Un largo suspiro cortó el silencio agobiante
__Cada uno tomará un vaso, nada más.__sentenció ella y comenzó a repartir el preciado líquido, comenzando por el padre, en estricto orden, hasta Puqui, la perrita. Al terminar, miró lo que quedaba. Medio litro, más o menos. Pidió que todos salgan de la cocina y permaneció sentada  junto a la mesa,  con las manos entrelazadas en el regazo ancho, como dos palomas que se  hechan a descansar, cansadas de volar.
Cuando  todos sucumbieron al sueño, deambuló un rato por la casa, matando aquí y allá algunos mosquitos. Luego, sigilosamente, guardó en el bolso que usaba para las compras unas velas a medio quemar, un ramillete de laurel, marcela  y  ruda. Sus pies  descalzos  apenas si dejaron huella en el polvo del camino. La noche  parecía detenerse en un silencio  ahogado en el canto desesperado de un grillo reseco. Sin hacer caso de las espinas ni de las piedras, la corpulenta mujer  trepó una loma  a la vera del camino. Una vez arriba, extendió un mantel blanco sobre la tierra, colocó en su centro las hierbas aromáticas y lo rodeó con cuatro velas a medio quemar. Las encendió y se postró ante la improvisada ofrenda, rezando vehementemente. Con visible dificultad, se incorporó casi una hora y decenas de rezos más tarde. Miró hacia el horizonte. Nada. Con franca  desilusión, se preparó para regresar a la casa. Ella creía en la Madre Tierra, pero su hijos se reían de esa creencia, y hasta su comadre la reprendió tiempo atrás. Sintió un terrible dolor en el pecho y presa total de la desesperación, derramó el agua que había sobrado, en el suelo. Cayó gimiendo, casi desmayada. Cayó en un delirio absurdo, presa de fantasías y pesadillas. En una de ellas, llovía. Nunca supo si fue realidad o producto de su mente, pues cuando la mañana besó su frente con gruesas gotas cristalinas, su alma ya estaba más allá de la sequía.
                                                                                              Renata Otto de Tori
                                                                                                          11-03-05
1º Mención en el rubro “Cuentos”
II Certamen Internacional de Poesía y cuento breve
“Cosme Sebastián Reniero”
Otorgado el 05 de noviembre de 2005.-Ciudad de Avellaneda- pcia. De Santa Fe
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El Milagro  


         El Paraná, de espíritu impredecible como el del humano, baña el santuario de la Virgen de Paticuá. Desolado paraje, donde los yuyos, el calor y el silencio reinan casi todo el año. Casi. A principios de diciembre todo se alborota. Se cortan los yuyos en flor; y el ocho, todo se decora con flores de papel.
Brotan quioscos, parrillas, baños, caminos delimitados con cuerdas. Calor, polvo rojo, pollo asado comido de la mano sobre papel de diario. Cerveza, agua sucia y fervor religioso inundan el lugar.
María del Carmen Toledo de Martí estacionó su Renault 21 reluciente y apagó el aire acondicionado.
__¡Santa virgen!__exclamó sin devoción alguna.__¿Qué pasa acá?__
Habían invadido su Edén. Donde el amor sabía a aventura. Bajó y apoyó con cuidado su tacos entre los papeluchos y latas vacías, niños sucios que corrían y adultos que ni la veían.
__¡P…madre!__Sus ojos brillaron de odio hacia esos intrusos. Hace unos días estuvo aquí, bien acompañada y había perdido el anillo que hace poco le regalara su marido, el diputado Martí. Y él venía de la capital esta tarde ¡Tenía que encontrarlo! Trató de recordar detalles.
__Se me debe haber caído cuando estuvimos en la vereda del santuario…__
__¿Una vela pa’ la virgen querés?__le ofreció una joven morena de misteriosos ojos.
__¡Metétela!...Está bien, dame una.__
La joven morena tenía una extraña sonrisa en los ojos, cuando le pasó la vela ya prendida. Con ella en la mano, María del Carmen recorrió, de rodillas, la vereda nueve veces, ida y vuelta. Palmo a palmo buscó la sortija. Nada. Al levantarse, lloraba más de rabia que del dolor que de producían sus piernas. Fue tambaleando hasta el coche y se sentó, dejando los pies colgando afuera. Apenas si oyó la voz que le dijo:
__No sólo la virgen  hace milagros, yo también por quinientos pesos.__
__¿Qué?__ Alzó la vista. En los ojos de la vendedora de velas se reflejaba el brillo de su maldito anillo.
__¡Hija de p…!__
__¡Hija de pobres, señora de Martí!__

Renata Otto de Tori
Diciembre 1999


Primer premio del Concurso literario del MERCOSUR
Rubro cuento-
Posadas 2003


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